Había nacido rodeado de los privilegios que le otorgaba ser el primogénito. Fuerte, valiente, independiente, autosuficiente, de enorme porte e incluso distinguido al vestir. Las armas de caza y el campo eran su territorio mientras que, a la vez, se destacaba al cocinar manjares únicos. Tenía las dotes para conquistarlo todo. En especial, el corazón de su padre, que lo amaba y prefería más que a nada. Lo identificaban por el color “rojo”, el del deseo, y por lo singular de su nombre: “Esav”, en hebreo: “el hombre hecho”, o “el hombre completo”.