Los sentimientos son una de las maneras en que percibimos el entorno; son sensaciones corporales y estados mentales que se vinculan estrechamente con lo que nos han dicho que somos y debemos ser, con nuestra historia, con nuestro lugar en el mundo. La antropología nos dice que son construcciones sociales que varían de una cultura a otra, producto de un entramado complejo de variables, como la etnia, la clase, el sexo, etcétera. Y las feministas volvemos a repetir que los sentimientos también son políticos, porque surgen de un determinado contexto económico y social y por lo mismo, se pueden transformar.
Al analizar los sentimientos de la población guatemalteca, investigación que sería necesario realizar a profundidad, podemos encontrar sentimientos compartidos y otros diferenciados. Si nos enfocamos en las mujeres, es muy fácil ver cómo nos van construyendo el temor desde la niñez, junto con el recelo hacia los hombres, el horror a ciertos insectos y animales, la inseguridad a todo nivel. Y si esos sentimientos los asociamos a la insatisfacción de necesidades básicas, a las ofensas a que nos someten cotidianamente, al menosprecio del racismo, vemos por qué el corazón se vuelve un nudo de dolor, rechazo, indignación.
Los sentimientos que se les inculcan y atribuyen a los hombres son distintos: ellos deben ser más agresivos, fríos, bravos. Se les prohíbe llorar y con eso, quedan parcialmente inhabilitados. El machismo como modelo de conducta masculino, impone el odio hacia las mujeres como esencia de su identidad. Y a partir de allí, todo los conduce a la violencia en sus diversas manifestaciones, desde las peleas con sus congéneres, las zancadillas por el poder, hasta las violaciones sexuales.
La justa rabia surge a partir de violaciones a nuestros derechos. Es un sentimiento potente que nos indica que algo no está bien y nos impulsa a rechazarlo. Esta ira que muchas personas sienten cuando sus descendientes padecen hambre y mueren, cuando la clase trabajadora es explotada, cuando las autoridades se burlan de la población, es la que inflama los pechos de la gente hoy en todo el país. Hay causas demasiado obvias que nos enojan, porque todos sabemos que tendría que ser de otra manera, es decir que, como sociedad, podríamos llevar una vida mejor.
El deseo de bienestar, inherente a los seres humanos, mueve montañas, y como chispa que enciende, puede ser lo que genere entre la población una llamarada de rebeldía y una fuerza ardiente para luchar por la justicia.
Los corruptos están sumidos en la ambición de poder que se nutre de envidia, rencor, cinismo, falta de escrúpulos y violencia. Sin todo ese andamiaje, no podrían engañar, robar, asesinar. El odio ciega a quienes lo padecen, por ello no pueden ver que están hundiéndose en su propia fosa. El diputado cantor, por ejemplo, al pretender intimidarnos, despertó el orgullo frijolero, sentimiento colectivo que se volvió en su contra. Sus delitos son el detonante de la indignación.