Las entrañas del poder I

Lo que a este hombre mofletudo y barrigón le preocupa, es saber si le dará tiempo. Y como no puede aguantarse y de todas maneras ha perdido el hilo de la conversación, se disculpa ante su interlocutor, deposita en la mesa la copa de champaña que empezaba a temblarle entre los dedos y decide eclipsarse del bullicio que reina en el Salón de Recepciones.

Para evitar las mesas donde los invitados departen frente a copiosas fuentes de frijoles, chicharrones, caviar y champaña, se escurre detrás del estrado de los músicos y se dirige apresurado hacia el gran portón de caoba que conduce a los patios interiores de la Casa Presidencial. Los guardias, al reconocerlo, se cuadran con un sonoro taconazo y cambian sus fusiles de posición.

El hombre atraviesa el primoroso patio de estilo colonial que bordea los jardines decorados con buganvilias y, dando traspiés, llega a un recinto amplio y reluciente, oloroso a pino sintético, con dos grandes lavamanos de mármol flanqueando la entrada y paredes cubiertas de azulejos. Se abalanza a través de un diminuto pasillo agradablemente iluminado y, de tres zancadas, precipita su voluminosa humanidad al interior de una recámara en cuya puerta están inscritas las iniciales “W.C.”

La representación habitual que tenemos del ‘homo politicus’ tropieza aquí. No solo en la puerta, sino que se da de narices en una generalizada y pudibunda barrera de silencio. A tal extremo, que ni el más hábil reportero de la prensa especializada en cotilleos sería capaz de encontrar, en la historia contemporánea de la chismografía mundial, un testimonio que nos aclare sobre lo que realmente acontece en tan banal pero sagrado recinto. Y no será por falta de medios, o por un exceso de escrúpulos, puesto que la ya vieja historia del Watergate está allí para recordárnoslo: nada ha impedido a los aficionados al fisgoneo instalar sus cámaras y micrófonos en los rincones más insospechados, si ello obedece a razones supuestamente ligadas a la Seguridad del Estado.

Pero, ¿y qué pasa con las que se refieren a la seguridad de los ciudadanos? ¿Por qué nadie se ha ocupado de averiguar lo que sucede en las altas esferas gubernamentales que, para el común de los mortales, resultan tanto o más inaccesibles que el Olimpo de los dioses? En este sentido, cuán aleccionador sería poder infiltrarse en el espacio íntimo de los protagonistas de “La Historia” y observarlos, despojados de sus máscaras y oropeles, a fin de exclamar, como el niño del cuento: “¡Mirad, el rey está desnudo!” (Continuará…)

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Author: Maria Suarez