Lluvia perenne

Las catástrofes naturales y sociales nos han acompañado siempre.  La turbulencia no es nueva, aunque a cada generación le parezca novedoso.   Desde que tengo memoria, nuestro pequeño país ha sido asolado por lluvias persistentes, que llamábamos “temporales”, porque la estación lluviosa era fiera, e invadía de humedad los muros anchos de adobe y piedra, disputando el espacio al salitre que se filtraba desde las profundidades de la tierra como un veneno. Llovía largo, de día y noche, empezando en mayo con las nubes de zompopos voladores que se tostaban y eran un manjar. Acudíamos a estudiar cubiertos con capas amarillas, protegidos del ‘chipi chipi’ y los resfriados, y con botas de hule para cruzar los ríos en las avenidas. Cuando los aguaceros se extendían hasta noviembre, ocurría el desastre, cerros empapados y nubes bajas que cerraban la vista del cielo, correntadas de agua arrastrando piedras que bajaban del cráter del volcán de Agua, destruyendo toda edificación humana y arbórea a su paso. Inmensas piedras rebotaban en los surcos. Las rústicas alertas nos sacaban del calorcito de las chamarras a medianoche, y salíamos cubiertos a buscar la protección del segundo nivel del convento de la Escuela de Cristo, donde se creía que no subiría la ola de lodo, que luego cedía y se frenaba en la alameda del Calvario. Luego nos agitaban los temblores, los suaves y los fuertes, que nos sacaban corriendo al patio porque más vale prevenir. Recuerdo que saltábamos como liebres, impulsados por resortes, y al llegar al naranjal al centro del patio todo se calmaba. A cada generación le correspondía su terremoto, decíamos, tragedia de la cual algunos se libraban y otros no sobrevivían. Hacíamos el recorrido a la mañana siguiente del desastre, comentando en voz baja frente a la casa averiada donde un muro había soterrado a quien no volveríamos a encontrarnos por las calles. Las erupciones del volcán de Fuego nos alertaban con sus llamaradas y retumbos, pero no metían miedo sino asombro, y mi memoria conserva fresca la vista desde la esquina sur occidental del parque de La Antigua, como punto ideal para contemplar las columnas de humo elevándose de día y las llamaradas en la noche, con los ríos de lava bajando hacia los cafetales. Insuperable era la  contemplación desde el techo de teja de la propia casa, junto al campanario de San Francisco, sintiendo la sensación sublime de la inmensidad.

Cataclismos van y vienen, y así sucedía también en la política, Golpes de Estado, cadenas de radio, bandos en las esquinas comunicando los cambios, apagones de luz, situación incierta, décadas de insurgencia. Guatemala ha sido siempre un país convulso, pero pacífico. No es una contradicción, sino una característica.

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Author: Maria Suarez