Cuando un país tan vulnerable como el nuestro vive tragedias terroríficas que develan insistentemente el dolor agudo que causa la injusticia, el aprovechamiento de algunos resulta insostenible. Nefasto. Brutal. El silencio de otros, aún más. Hay un dicho que dice algo como…, cuando alguien no responde a algo, la respuesta ya está dada. Como anillo al dedo para muchos políticos donde todo es cuestión de imagen, pero no de auténtica empatía; todo se trata de lo verosímil pero no de lo verdadero. Existen cargos cruelmente desperdiciados (en mayoría de ocasiones), tal el caso de tantos gobernadores. Figuras que podrían lucirse, salvar vidas y estar verdaderamente presentes, respondiendo a las necesidades de la población durante la pandemia, durante el hambre, durante ‘Eta’, durante el desgarre, durante el dolor. La Constitución lo dice así: “El gobierno de los departamentos estará a cargo de un gobernador nombrado por el presidente de la República, deberá reunir las mismas calidades que un ministro de Estado y gozará de las mismas inmunidades que éste, debiendo haber estado domiciliado durante los cinco años anteriores a su designación en el departamento para el que fuere nombrado”.
La Ley del Organismo Ejecutivo establece que el gobierno de los departamentos está a cargo de un gobernador. Y sus escuetas atribuciones incluyen “atender los requerimientos de la población”.
La importancia de este cargo es fundamental para garantizar respuestas del gobierno en tiempos tan oscuros como los transcurridos durante este trágico año. Año que ha cobrado miles de vidas, en gran medida, a causa de la pobreza. Seamos francos.
¿Sabe usted cómo se llama su gobernador o gobernadora? ¿Cree que merece el salario que le pagamos? ¿Tiene idea del trabajo que desempeña?
La reforma del Estado es fundamental para garantizar que lleguen personas capaces, comprometidas con el bien común y probas a todo cargo público, porque esto no es así nomás. Suena simple, pero rara vez los vemos. La penumbra muchos la aprovechan para ganancias, negocios, nepotismos, amiguismos, prepotencias, discriminaciones. Cuántos fantasmas hay en los cargos. ¡Cuántos burlándose del dolor ajeno! Y es que lo que vivimos no es normal. El robo no es normal. El aprovechamiento a mansalva de las tragedias no es normal. El abuso no es normal.
Lo que han vivido estos últimos días tantas víctimas de la desidia, es inaudito. Insostenible. Y no podemos tolerar que haya quienes aparecen presumiendo su falsa solidaridad para limpiar nombre. ¡No se vale! Perdón, pero no se vale. Guatemala merece unidad, concordia, paz, igualdad, prosperidad, justicia, pluralismo. Porque la sola palabra “Guatemala” es un agasajo de posibilidades.
PD: profunda solidaridad y sentidas condolencias a quienes han tenido que pagar el irreparable precio del abandono.