Jamás vi unas elecciones presidenciales norteamericanas más emponzoñadas, sesgadas, envenenadas y fementidas como las que han pretendido obstaculizar el paso de la reelección de Donald Trump. Ha sido un ataque en capote, desconsiderado y desleal, de la progresía mediática universal que ha pretendido convencernos hasta la saciedad de que Trump es odioso, autocrático, antipático, prepotente, abusador y desconsiderado. Y el estandarte del rechazo y la odiosidad contra Trump, sorprendentemente, no proviene de los tradicionales enemigos de los Estados Unidos: Rusia, China, el Islam. A los que Trump ha enfrentado en sus cuatro años de gobierno con la fortaleza de un demócrata convencido. Viene desde dentro de los Estados Unidos mismos. Principalmente del feudo de los demócratas.