Cuando decidí dejar el fragor del periodismo a tiempo completo y de ese modo rescatar todo el tiempo posible para la literatura, regresé a Nicaragua. En el año anterior, 1983, durante mi viaje a Centroamérica para el periódico que me empleaba entonces y que iba a cerrar unos meses después, me di cuenta de que lo que escribía en mis crónicas no era suficiente, no explicaba lo que yo había vivido en aquellos meses, en especial en Nicaragua. Y de inmediato, supe que necesitaba de la ficción para contarlo. Había visto a la gente cruzar ante los umbrales de la muerte por una necesidad de supervivencia; había percibido las contradicciones en el alma de los hombres comunes pillados en medio de una guerra y también la perplejidad que producía en muchos sacerdotes el choque entre la injusticia y la propia fe; y había sentido el miedo en las palabras de los soldados de la primera línea de fuego y oído el crepitar de viejos dogmas que ardían en el fuego y el grito de los dogmas que nacían; y también había encontrado un cierto desenfado de las gentes ante la presencia de lo terrible, una extraña alegría que fructificaba, para mi sorpresa, en el interior de la barbarie.
