La ciudadanía venezolana está desconcertada. Y tiene que ser así, lamentablemente. La gente se desplaza del extremo de la euforia, en donde nos hemos encontrado varias veces, como cuándo ganamos las dos terceras partes de la Asamblea Nacional, la vez que protagonizamos el épico plebiscito del 16 de julio de 2017 y, más recientemente, con el desafío asumido por Juan Guaidó el 23 de enero de 2019. De cada uno de esos eventos saltamos a la otra esquina del abatimiento cuando, por ejemplo, del entusiasmo que había generado la movilización plebiscitaria, caímos en la frustración que produjo la decisión de la dirigencia opositora de participar en las elecciones regionales montadas por la Asamblea Nacional Constituyente, que 15 días antes habíamos tachado de irrita.