¿Diálogo o antidiálogo?

En Guatemala, todos llaman al diálogo, pero ninguno se quiere sentar con sus adversarios u oponentes a dialogar. O, en el mejor de los casos, algunos se quieren sentar a dialogar pero en sus términos, sobre los temas que les interesan y bajo sus condiciones irreductibles. Es decir que para ellos el diálogo debe ser condicionado y, bajo ningún punto de vista, espontáneo, libre, incondicional y abierto.

No hay interés en ceder y conceder en nada. Los potenciales dialogantes están atrincherados y están enrocados en sus posiciones. En realidad, nadie quiere hablar con nadie, lo que redunda en una suerte de antidiálogo. Todos quieren imponer sus enfoques, opiniones y visiones.

Por otro lado, la descalificación y la denigración han pasado a ocupar los espacios de la discusión seria y responsable. Aflora el odio y la confrontación. El discurso del rencor e injurioso brota por todos lados. Sin duda, el endurecimiento de las actitudes está haciendo imposible cualquier acercamiento o aproximación a la conciliación de intereses, a la armonía en la diferencia.

Muchos están llenos de pesimismo, negativismo e ira, sobre todo en esta etapa de nuestra historia en que luchamos contra el COVID-19. Para ellos pareciera que no hay nada bueno en Guatemala, lo que no es cierto. Hay mucho de bueno en nuestro país, comenzando por su gente, que es esencialmente emprendedora, trabajadora, justa y responsable. Además, contamos con una democracia institucional, claro imperfecta, pero no estamos bajo un régimen despótico, opresivo, intervencionista y colectivista. Por ende, nos toca cuidar nuestra democracia y no destruirla como anhelan los sempiternos enemigos de la democracia y el crimen organizado.

Nuestra Constitución es un buen instrumento garantista y orientador de la conducta humana y social, que consagra los derechos fundamentales y los valores democráticos y republicanos, así como las competencias y funciones de los principales órganos estatales. Sin embargo, la defensa de nuestra Carta Magna ha dejado mucho que desear.

Sin duda, deben fortalecerse las instituciones del sector justicia y el sistema político electoral, para asegurar la convivencia pacífica dentro de un régimen de legalidad y pluralismo, así como la participación ciudadana en la toma de decisiones.

Empero, nada ganamos con atacarnos, insultarnos y destruirnos los unos a los otros. La tolerancia, el respeto y la construcción de puentes entre posiciones enfrentadas deberían inspirar nuestros pensamientos y nuestros actos. El bien común y la paz social deben ser nuestras máximas aspiraciones, que no se reducen al bienestar y la convivencia pacífica de unos pocos sino de todos.

En conclusión, son tiempos de conciliación de intereses y de armonía en la diferencia. Ojalá que todavía podamos ponernos de acuerdo a través de los necesarios acercamientos e intercambios serenos y maduros, en aras de resolver nuestros problemas y de forjarnos un futuro de desarrollo integral y prosperidad, porque, de lo contrario, la actual crisis sanitaria y económica nos pondrá de rodillas y todos pagaremos por los platos rotos de nuestra terquedad y obstinación.

Clique aqui para el articulo completeo

Author: Maria Suarez