El yoyó

Encontré el yoyó la víspera de Nochebuena, de esa forma en la que uno se topa con reliquias del pasado largo tiempo olvidadas, mientras ordenaba algunos de los papeles aún sin examinar que perturban mis años de vejez. Ese día cumplía setenta y tres años y supongo que me asaltó un arrebato de memento mori. La mayor parte de mis asuntos llevaban años arreglados, pero siempre queda un embrollo en algún sitio. El mío estaba en seis viejas cajas archivadoras guardadas en el estante superior del armario de una habitación de invitados que apenas usaba, cajas por lo general apartadas de mi vista y de mi memoria. Pero entonces, sin ninguna razón en particular, irrumpieron en mi pensamiento con una irritante perseverancia. Tenía que revisar su contenido y bien clasificar o destruir los documentos. Henry y Margaret, mi hijo y mi nuera, esperarían que, como el más meticuloso de los padres, les hubiera ahorrado hasta esa mínima molestia en el momento de mi muerte. No tenía nada más que hacer. Estaba esperando, con la maleta preparada, a que Margaret viniese a recogerme con el coche para una Navidad en familia que habría preferido mil veces pasar solo en mi piso de Temple. A recogerme. Eso puede hacernos sentir, con tanta facilidad, a los setenta y tres; un objeto, no exactamente preciado pero acaso quebradizo, que hay que coger con cuidado, custodiar y luego devolver a su sitio con el mismo celo. Estaba listo demasiado pronto, como siempre. Quedaban casi dos horas por delante hasta que llegara el coche. Tiempo para ordenar las cajas. Los archivadores, llenos a reventar y uno de ellos con la tapa rota colgando, estaban atados con una fina cuerda. Al deshacer el nudo y abrir la primera caja, me llegó un nostálgico olor, medio olvidado, a papeles viejos. Llevé la caja hasta la cama, me puse cómodo y empecé a hojear una miscelánea de documentos de mis días en la escuela preparatoria: viejos boletines de notas –algunas observaciones con la tinta amarillenta, y otras tan nítidas como si las hubiesen escrito el día anterior–, cartas de mis padres aún en sus precarios sobres, cuyos sellos extranjeros había arrancado para regalárselos a compañeros de colegio que los coleccionaban, uno o dos cuadernos de ejercicios con trabajos muy bien calificados que probablemente había guardado para enseñárselos a mis padres en su siguiente permiso. Al levantar uno de estos últimos, descubrí el yoyó. Era justo como lo recordaba: de un rojo vivo, brillante, agradable al tacto y muy bonito. La cuerda estaba enrollada con esmero y solo se veía el lazo del extremo para el dedo. Cerré la mano sobre la suave madera. El yoyó encajaba con precisión en mi palma. Estaba frío, incluso para mí, que rara vez tengo ya las manos calientes. Y, con esa sensación, me inundaron los recuerdos. La expresión está trillada pero es certera; llegaron como una marea creciente y me arrastraron de vuelta a aquel mismo día de hacía sesenta años, el 23 de diciembre de 1936, el día del asesinato.

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Author: Maria Suarez