Corría el año 1990 y el presidente Carlos Andres Pérez (segundo mandato) me convocó a su despacho. Yo era el director de Relaciones Presidenciales y me encomendó que acompañara al primer ministro de Trinidad y Tobago a un viaje privado al estado Mérida. Me explicó que él había sido objeto de un intento violento de golpe de estado y estaba convaleciente de un disparo recibido en la pierna derecha. Fueron momentos difíciles los que vivió A.N.R. Robinson junto con su gabinete, capturados y secuestrados en la sede de Parlamento trinitario. Mientras algunos miembros de su equipo de gobierno le sugirieron ordenar el retiro del ejército, él, en un gesto de valentía, dio una orden tajante a los militares: “ataquen con todas sus fuerzas, son asesinos y torturadores”. Sin duda, el presidente Pérez, gran demócrata, llevaba una relación fluida con sus pares de los países cercanos, sobre todo los limítrofes, y convenció a A.N.R. que se viniera a recuperar aquí del tormento vivido, vejaciones incluidas, en un tranquilo y bello lugar como lo es Mérida, el ambiente ideal para pasar unos días tranquilos, sin el asedio de la prensa y los compromisos oficiales y protocolares.