Las entrañas del poder IV

Debido a una elemental asociación de ideas, se le cruzan ahora por la cabeza ventiscas de recuerdos que lo trasladan al día de la ceremonia de investidura, catorce años atrás: la prensa, los proyectores de televisión, el mundo entero a la expectativa. Y él, catapultado de la noche a la mañana al centro del universo, degustando la embriagadora sensación de creerse vecino de los dioses.

De pronto, la corazonada de estar siendo espiado desde el techo del retrete emerge como un resorte entre los intersticios de su mente. ¿Una conjura en mi contra? ¡Impensable, antes me los trueno a todos! Y su rostro recobra la serenidad al comprobar que arriba, pues no hay ni Dios que lo mire. Y si lo hubiera –cavila–, ya habrá manera de arreglárselas, siempre se puede llegar a un acuerdo con Él. Es con los humanos, en cambio, con los que hay que andarse con mucho cuidado –concluye, rascándose la cerviz.

Desmenuza ahora las imágenes significativas de los últimos años: las promesas, los discursos, el juramento a la bandera. Los parabienes, los préstamos del BID, los jugosos contratos con el gobierno suizo. Y como si un nubarrón viniera de pronto a ensombrecer el buen desenvolvimiento de un desfile militar, sus reminiscencias resbalan de los problemas presupuestarios a las huelgas, y de estas a las acusaciones internacionales. Y ya bajo fuertes aguaceros, temiendo una pérdida de control de los excesos represivos, surge en su ofuscada memoria el espectro de la Comisión de Derechos Humanos, donde se agita un número considerable de enemigos.

¡Ay, los enemigos! ¡Cuántos complots no tuvo que desbaratar en su gobierno! ¡A cuántos detractores, incluso amigos y colaboradores cercanos, no había enviado, sin miramientos de ninguna especie, a tomar la sombra, como él gustaba decir! ¡Cuánta generosidad manifestada y, no obstante, qué de traiciones, cuánta incomprensión, cuánta ingratitud!

Tarareando distraídamente una marcha militar, su atención se fija en la tosquedad de sus manos –las mismas que han firmado innumerables condenas y que dentro de unos segundos van a alcanzar el papel para limpiarse. Es en ellas, al fin y al cabo, donde descansa el destino de ese pueblo taimado e ignorante que nunca quiso comprender el drama que pesa sobre las espaldas –algo curvadas ya– de su máximo líder. Y siente entonces un inmenso consuelo al imaginar que, en realidad, no son solo sus súbditos quienes se encuentran ahora a sus pies –o para ser más exactos, debajo de sus posaderas–, sino la humanidad entera, ocurrencia que le provoca una regurgitación incontrolable de risitas nerviosas. (Continuará…)

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Author: Maria Suarez