Los fuegos artificiales del pasado 24 de diciembre, y los que están pendientes para el venidero 31, ofrecen una pista segura de lo que está ocurriendo bajo este régimen en trance permanente de descomposición. Desde hace casi un año, es común el uso tácito de una moneda más fuerte que el bolívar con la intención de salvar el ínfimo capital de los pocos negocios que siguen funcionando. Llegamos, pasito a pasito, a una economía dolarizada. Una economía dolarizada con una divisa escasa que, obviamente, no emitimos y que además sufre del tema inflacionario. El asunto de la pirotecnia navideña no está en la espontánea disposición que cada quien tiene para celebrar y divertirse, sino en las dramáticas orfandades que nos caracterizan, comenzando por la libertad misma.