En la elección parlamentaria del pasado 6/D no había nada que pronosticar. Las encuestadoras estuvieron casi totalmente calladas. Entre el oficialismo y adláteres habían configurado una nueva Asamblea Nacional y el reparto de curules ya estaba dibujado y coloreado por el poder usurpador. Lo que no estuvo al arbitrio del régimen fue la participación de los electores. Las amenazas de hambre, de despido, de desalojo de viviendas, el acarreo militar o las esmirriadas bolsas de comida, de poco le sirvieron. En contraste con la votación nacional en las parlamentarias de 2015, cuando 3 de cada 4 electores concurrieron a las urnas, esta vez la participación se encogió a 1 de cada 4. Se registró para la historia la mayor abstención en todas las elecciones celebradas desde el reinicio de la democracia en 1958.