La delegación de observadores de la Organización de Estados Americanos (OEA) le indicó al presidente Giammattei exactamente lo mismo que previamente, por largos meses, le venían diciendo los periodistas y columnistas independientes, los tanques de pensamiento y otras entidades de la sociedad civil, sin que él atendiera esas inquietudes locales, ni creyera que eran realidades fundadas. Me imagino que cuando la delegación de la OEA le expresó sus hallazgos, el Presidente se fue de espalda porque se dio cuenta que era calcado lo que la prensa y los tanques de pensamiento le venían diciendo. Al caer de la nube a la realidad se percató que las minas políticas antipersonales que hay en su camino fueron plantadas por él mismo, por ‘Miguelito’, por los diputados, por la Fiscal General, por el rechazo popular a cortes cooptadas. ¡La población está cansada de nuestros gobernantes, políticos y diputados! Cansancio que ha creado la ingobernabilidad y las turbulencias sociales que atravesamos y que, de no haber cambios, seguiremos experimentando, quizá en grado aún mayor.
Aparentemente, al final de cuentas el Presidente empezó a entrar en razón, aunque no totalmente: a fin de mes cerrará el Centro de Gobierno y dio el lugar escamoteado al Vicepresidente, aunque anteayer incumplió al no darle a Guillermo Castillo la prometida coordinación de la reconstrucción. Giammattei se comprometió con la transparencia, honradez y buen gobierno, lo cual aún está por verse. Su compromiso anticorrupción deberá ir acompañado de hechos, incluir la renovación casi total de su gabinete y de los directores de puertos y aeropuertos y otras entidades del Estado dependientes del Organismo Ejecutivo, señaladas de corrupción.
Próximamente veremos si habrá ruptura real del Presidente con el Pacto de Corruptos o si, por el contrario, seguirá esa alianza perversa, sin que el mensaje foráneo le llegara al Presidente hasta el tuétano de sus huesos. En gran parte, de esto dependerá que la lucha contra la corrupción e impunidad sea cierta. No obstante que la delegación de la OEA recomendó la elección de Cortes que no sean rehenes del crimen organizado, el Congreso no parece dispuesto a aceptar este extremo. Por otro lado, la Fiscal General quiere seguir persiguiendo a quien persigue a los corruptos (deshacerse de Juan Francisco Sandoval de la FECI). Todo esto hace previsible que las manifestaciones antigubernamentales continúen, con el paréntesis de la Navidad. ¡Insensatos, ven la tempestad y no se santiguan!
Es triste que para que, en apariencia, el Presidente empezara a entrar en razón (en el Congreso el Pacto de Corruptos no ha entrado aún ni tampoco lo ha hecho la Fiscal General) fuera a costa de que dos jóvenes perdieran el ojo izquierdo, de manifestantes pacíficos atacados en la Plaza de la Constitución con gases lacrimógenos, retenes en el interior que dejaron pérdidas económicas por la imposibilidad de movilización de los productos a los mercados y de pintas y vandalismo en el edificio del Congreso, patrimonio cultural del país. La terquedad de Giammattei, del Pacto de Corruptos, de la Fiscal General de no aceptar a tiempo las recomendaciones públicas que se les formularon tuvo un costo muy alto. Y lo seguirá teniendo si el Presidente y todos ellos no se pasan de cuerpo entero, no a medias, al lado de la anticorrupción y antiimpunidad. (‘To be, or not be, that is the question’).
Por lo demás, me imagino que los delegados de la OEA entre sí comentaron que fue paranoia del Presidente creer que las manifestaciones podrían romper el orden constitucional. En realidad, históricamente el orden constitucional solo lo ha roto un golpe de Estado protagonizado por el Ejército (1963), una facción del mismo (1944 y 1982) o por el propio Presidente (1993). En todo caso, si Giammattei temía que el ministro de la Defensa pudiera darle un golpe de Estado rompiendo así el orden constitucional, estaba en sus manos sustituirlo por uno leal a la Constitución y democracia. En política hay que saber barajar bien el naipe de cartas, lo cual no pareciera ser una habilidad de Giammattei. Por lo que se ve, en los muchos años que aspiró a la Presidencia no aprendió a batir el chocolate.
La Navidad hará que el mar de fondo de la ingobernabilidad se transforme en marea baja, siempre con peligrosos alfaques que han ahogado a muchos guatemaltecos en las costas de arena negra del Mar del Sur. Para adentrarse en el océano de la política hay que ser buen nadador, a veces buceador, hay que conocer bien las corrientes marinas y no asustarse si, en algunas circunstancias, sientes que el mar te hala. Pueden ser solo sensaciones o quizá realidades. Saber discernirlas es importante, para no asustarse más de la cuenta como tampoco pecar de inconsciente irreflexivo.
La crisis no ha terminado. Depende del Congreso, del propio Presidente y de la Fiscal General ponerle fin, actuando con honestidad, transparencia, sensatez y sin apañar la corrupción e impunidad, de acuerdo con lo que le aconsejó la delegación de la OEA y a lo que anteriormente le señalaron la prensa independiente y los tanques de pensamiento del país.
De momento, es previsible que después de las fiestas de Navidad y Año Nuevo las manifestaciones continúen. En realidad, estas son diferentes a las del 2015 porque ahora dentro de ellas hay grupos radicalizados que, más allá de los planteamientos originales que encendieron la chispa de las protesta, piden el cambio del sistema, la nacionalización de la energía eléctrica, la realización de una Constituyente y otros tópicos semejantes. A este respecto, la propia Constitución establece y norma sus reformas, con una hoja de ruta clara, que fue resumida por el jurista y columnista de este medio Álvaro Castellanos Howell, en un artículo titulado ‘Reformas Constitucionales’, publicado el viernes pasado. En lo que respecta a las pretensiones de cambio del sistema o la de la nacionalización de la energía eléctrica, que acarrearía esta última un grave daño al país, especialmente a los más pobres, los promotores tendrían que ganar las elecciones para realizarlo teniendo un mandato del pueblo en las urnas, no en las calles ni menos en posibles barricadas de minorías radicalizadas. ¡A las cosas hay que llamarlas por su nombre!