Cada vez estoy más convencido que los venezolanos no hemos valorado adecuadamente la magnitud del daño que el chavismo durante veinte años le ha causado a Venezuela. La destrucción material es evidente: una economía cuyo tamaño en 2020 fue 70% inferior al que tenía de 2012, azotada por una hiperinflación que ya cumplió tres años y que ha devorado el ingreso de los trabajadores, con su sector petrolero en ruinas y en general con las empresas del Estado convertidas en chatarra. Hay otra dimensión de esa destrucción representada por una emigración masiva de talentos que literalmente ha vaciado al país de un recurso humano fundamental y una adicional, que reside en la liquidación de los incentivos para el trabajo y el emprendimiento.