El proceso –o quizá más bien la carencia de él– al plantearse los populares propósitos de año nuevo nunca me despertó mayor respeto. Creo que tiene algo que ver con el hecho de que me parecen inútiles. Es decir, el asunto de plantearse así ligeramente objetivos sin estructura, escritos en el aire y sin compromiso ni reflexión me parece necio. A la gente que suele hacer esto, por ahí por la segunda quincena de febrero ya le vale un huevo de pato sus anunciados propósitos, y por marzo los ha olvidado completamente.
En lugar de plantearse propósitos con un proceso tan superficial, quizá sea mejor plantearse una hermosa pregunta: ¿quiénes queremos ser? Efectivamente, plantearse una visión clara y estructurada de quién seremos en un futuro de corto plazo, ya es suficientemente difícil como para hacerlo a largo plazo, pero si aceptamos que esta es la única forma de convertirnos en la persona que queremos ser, quizá la forma de empezar sea tirar esos inútiles propósitos y generar un propósito de existencia.
Ser feliz no es un propósito, es más una consecuencia, diría yo. Ralph Waldo Emerson lo puso de forma elocuente: “El propósito de la vida no es ser feliz sino útil, honorable y compasivo. Marcar la diferencia entre solo haber vivido y haber vivido bien”.
Es realmente triste darse cuenta de que el 92 por ciento de las personas no actúan para hacer realidad sus deseos y objetivos. Es sumamente difícil encontrar información local, pero si tomamos de referencia el estudio que realizó la Universidad de Scranton para entender la relación entre la generación de resoluciones y los resultados obtenidos podremos observar claramente un desconsolador cuadro. La gente desea mucho, pero hace poco, muy poco de hecho.
Y no solo es que muy poca gente actúa para obtener lo que anhela, además, de las pocas personas que sí actúan, muy pocas –solo el 9.2 por ciento de ellas– reportan que fueron exitosas en obtener lo que anhelaban. Una cosa es decir que uno se ha formado un plan de vida y otra muy diferente es haberlo hecho realmente.
El interés es la semilla de la pasión. Al menos eso es lo que cree Angela Duckworth, una profesora de psicología en la Universidad de Pensilvania, quien ha estudiado los factores que mejor explican la capacidad de una persona para lograr los resultados que se propone. Ella y sus colegas han encontrado que, independientemente del entorno o de la actividad, la habilidad de preservar es la característica que mejor explica la consecución de metas. Ella lo llama Grit y en ese vocablo trata de aglutinar tres destrezas: propósito, firmeza de carácter y tolerancia.
Duckworth, a través de su trabajo investigativo, ha demostrado adecuadamente cómo las destrezas de sostenibilidad (mantener enfoque e interés en la adquisición de una meta de largo plazo) y autocontrol (la regulación voluntaria de impulsos que favorecen satisfacciones inmediatas) son las mejores generadoras de éxito. En su libro Grit: El poder de la pasión y la preservación, ella explica cómo llegó a esa conclusión, pero además provee herramientas puntuales para generar estas habilidades.
Espero que este año esté lleno de logros significativos para usted. Espero que dentro de tres meses pueda ver atrás y, con certeza, decir que avanzó decididamente hacia la cima de su montaña personal. Y, lo que es más, espero que sus cumbres sean cada vez más altas, todas alineadas hacia su propia felicidad.