Me imagino aquel Ferrari rojo corriendo como un cohete a chorro por la turbulenta atmósfera de asfalto y concreto; el sonido del motor tronando en aquella ciudad vacía en medio de una semana de cuarentena radical; dejando solo polvo a su paso, y la mirada incrédula de unos cuantos ciudadanos agolpados en las puertas de una farmacia.