Ana Laura no se llama así, pero contar su historia con pelos y señales le acarrearía incalculables problemas, así que mejor ser cautelosos. La sala de su casa es solo una decoración doméstica para camuflar la pequeña clínica estomatológica que tiene en la habitación contigua. Del gato, la abuela y el sofá familiar se da paso a un cuarto reluciente, con un cartel que promueve el buen cepillado de los dientes y un sillón con todo lo necesario para atender a los pacientes.