Da media vuelta y se va con las manos vacías. La anciana se ha acercado a la empleada de una panadería estatal en una populosa calle de El Cerro para preguntarle, casi en un susurro, si le puede vender el pan a mitad de precio, pero la dependiente es inflexible. “Nos tienen vigilados, mi vieja”, le dice y detrás de su hombro un cartel señala que el producto racionado se vende a un peso desde el 1 de enero, veinte veces el valor que tenía hasta el año pasado.