No se recuerda en los anales de la diplomacia europea fiasco como el protagonizado por Borrell en Rusia esta semana. El catalán fue a Bruselas en 2019 a salvar el régimen de Maduro abusando de la inclinación de la Unión Europea a fiarse de España en lo que a América Latina se refiere. En eso se ha demostrado extraordinariamente eficaz, aprovechándose de que Donald Trump ladró mucho pero mordió poco. Pero cuando se ha tratado de cualquier otra cosa, Borrell va de patinazo en patinazo, de resbalón en resbalón y de tropiezo en tropiezo. Con todo, lo de Rusia ha sido escandaloso incluso para los estándares de torpeza del exministro español. Va, llega y se deshace en elogios hacia la vacuna rusa y suplica lastimeramente encontrar puntos de encuentro con la autocracia de Putin. A tanta sumisión, el ministro de Exteriores ruso le respondió con un rosario de humillaciones. Comparó a Navalni con los golpistas condenados por el Supremo español, acusó a la Unión Europea de intolerable injerencia y encima, en medio de un almuerzo de ambos, salta la noticia de que los rusos acaban de expulsar a tres diplomáticos europeos. Si Lávrov hubiera querido ser más hiriente, le habría costado encontrar cómo.