Lo que ahora se cierne sobre Venezuela no es nuevo, al contrario, responde a una agenda bastante común. Se trata de la normalización de regímenes totalitarios que a la larga se terminan legitimando internacionalmente, a pesar de cometer crimenes de lesa humanidad. Dicha agenda no es política, porque no compite por el poder real ni busca la sustitución del régimen por una democracia que garantice la vigencia de los derechos humanos, sino que se conforma con simular una convivencia de élites justificada por la ficción de una transición que nunca germina, entre otras cosas porque nadie cede poder a motus propio. En el fondo es una agenda económica, ese es el único incentivo. Las dictaduras se potabilizan para que el mundo libre pueda hacer negocios con ellas sin ningún complejo de culpa, aprovechando las ventajas de invertir en un país sin Estado de Derecho y de la mano de su único dueño. Pero esto se disfraza con una fachada humanitaria, a través de un andamiaje de falsas premisas que describo a continuación.