Fue en una mañana de febrero de 1997, cuando mi entrañable amigo, Ángel Valencia, se apareció acompañado con una persona, que, a cierta distancia, por su porte al caminar un tanto desgarbado, alto, y con un maletín de semicuero negro, parecía un cobrador de impuestosmunicipales. De hecho, creo que estaba trabajando en algo así.