María Morais convive desde su nacimiento con una parálisis cerebral que le afecta especialmente a la parte motora. Portuguesa, de 12 años, se incorporó al sistema educativo español hace dos cursos, cuando se trasladó a Madrid con su familia. Comenzó en el colegio público Méjico y un año después se trasladó al centro de educación especial colegio Gaudem. Allí comparte clase con otros niños que, al igual que María, tienen algún tipo de necesidades especiales. Después de probar ambas opciones, su madre, Teresa Coutinho, ve ahora a su hija mucho más integrada con sus compañeros y mucho más motivada. «En el colegio público contaba con logopeda y fisioterapeuta, pero el apoyo y el refuerzo se lo daban fuera de la clase y se sentía menos integrada», indica la progenitora. En el centro de educación especial está más en contacto con otros compañeros que no tienen sus mismos problemas de aprendizaje «y supone un estímulo muy importante para ella, aprende más».
Uno de los puntos de mayor controversia de la «Ley Celáa» es precisamente el referente a la educación especial. El Gobierno pretendería mejorar la educación inclusiva preparando los centros ordinarios para un futuro trasvase de alumnos con discapacidad. Para ello en diez años quiere dotar a los centros ordinarios de los recursos necesarios para atender a los alumnos con necesidades educativas especiales y que los centros de educación especial desempeñen la función de centros de referencia y apoyo. «El problema es que el entorno tiene mucho peso para estos alumnos. Tienen la capacidad para darse cuenta de sus diferencias, se comparan y hay repercusiones de tipo emocional», comienza por explicar Julián Ruiz, presidente de Ancee (Asociación Nacional de Centros de Educación Especial).
Varios modelos
Julián Ruiz recuerda que se comete un error al hacer creer que a estos niños se les aparta del sistema educativo: «No es cierto, tenemos la suerte de que el sistema incluye varios modelos: el ordinario, el combinado, que se usa poco, y la educación especial». El presidente de Ancee defiende «ser prácticos y que cada niño esté atendido en cada momento en el lugar más adecuado, no pasa nada por cambiarse». Cuando los problemas no son muy acusados, «es muy habitual que se deje a los niños en los colegios ordinarios, sobre todo en los primeros años de Infantil y Primaria, pero a medida que la diferencia se acentúa se sienten más apartados», señala Julián Ruiz. Al hablar de integración cree que en muchos casos se debería invertir el proceso una vez que los alumnos con alguna discapacidad, si reciben cuanto antes la educación especial «pueden cambiar después al sistema ordinario». Y subraya que buscar la inclusión «será posible cuando tengan la fortaleza adecuada».
El presidente de Ancee no tiene dudas de que en un colegio ordinario se atiende bien a los alumnos, eso no está puesto en causa, «pero hay determinados problemas como los motóricos y sensoriales que necesitan una atención muy especializada». Cuando se ofrece dicha atención los padres notan enseguida a sus hijos «mucho más contentos y participativos. Es muy importante acertar en la escolarización de estos niños», puntualiza.
Una propuesta innovadora
El colegio Gaudem de Madrid ha apostado por un modelo innovador y a la vez muy integrador. Dentro del centro existen dos colegios, uno ordinario y otro de educación especial. Sin embargo, ambos comparten espacios como patio o comedor, es decir, los alumnos de uno y otro centro conviven en su día a día. «En nuestro proyecto educativo entendemos que el apoyo de estos alumnos debe ser dentro de las aulas, compartiendo el aprendizaje con sus compañeros», explica la directora del centro, Marta de la Torre. Se lamenta que al hablar de la ley no se tengan en cuenta las dificultades severas que tienen estos alumnos, «unas discapacidades que necesitan atención personalizada con profesionales especializados y un número reducido de alumnos. La ley se centra mucho en aspectos curriculares».
Judit Fernández, jefa de Estudios de Educación Especial de Gaudem cree que no se tiene en cuenta la realidad de estos alumnos cuando se habla de su integración en los colegios ordinarios. «Cada familia llega con una mochila muy distinta a sus espaldas, con su experiencia de vida», indica Inés Nogales, responsable del departamento de Orientación. En el centro recuerdan también que el paso a Secundaria es un nuevo punto de partida. «Se revuelve todo lo que viven y hay que llevar el trabajo de otra forma», resalta la orientadora. De ahí la importancia de trabajar muy de cerca con las familias de estos alumnos.
Desde su llegada a Madrid, María se ha sentido arropada por sus nuevos amigos, muy pendientes de ella y siempre con ganas de ayudar, sobre todo a la hora de empujar su silla de ruedas. En ambos colegios, al igual que en Portugal, su madre ha podido ver todo lo que ella aporta a sus compañeros. «Hay una relación mutua de aprendizaje. Sus amigos entienden lo que es la diferencia y eso hará que de adultos sean mejores personas», indica Teresa Coutinho. Para la directora del Gaudem es fundamental lograr que los niños entiendan lo que es la diversidad, «así se consigue una sociedad de verdad. Hay un aprendizaje social, vemos la ternura y la sensibilidad», añade.
¿Por qué es polémica la nueva ley?
En un sentido amplio, la educación especial es aquella destinada a alumnos con necesidades educativas especiales, ya sea por sobredotación intelectual o bien por discapacidades psíquicas, físicas o sensoriales. Actualmente hay 37.500 niños escolarizados en este tipo de centros en España. La «ley Celaá» apuesta por integrar a estos alumnos en centros ordinarios, lo que muchos padres consideran un ataque a los centros de educación especial y a su libertad de elección. En aras de la «inclusión» se pone en segundo lugar el interés de los menores, argumentan. El presidente de Ancee (Asociación Nacional de Centros de Educación Especial), Julián Ruiz, recuerda que no hay soluciones absolutas: «Hay que ser prácticos y que cada niño esté atendido en cada momento en el lugar más adecuado».