José Ignacio Cabrujas, en una de sus elegantes e irreverentes reflexiones, vaticinaba que algún día podríamos tener en el poder un régimen tan abusivo, que sus acciones no tendrían más sustento que el de “¡Porque me da la gana!”. Se fue José Ignacio cuatro años antes de que arribara a Miraflores un sujeto que traía el cometido mesiánico de hacer cierta su infausta premonición. Arrogándose credenciales de redentor, sanador y hasta ectoplasma del Libertador, el mandamás expropiaba, confiscaba cuanto podía de la riqueza productiva, a capricho, sin causa de utilidad pública o necesidad social, porque le daba la real gana. Lo aplaudía la corte de fócidos que le servían de comparsa.