La enseñanza de la que se nutre la cultura occidental judeocristiana, alcanzando sus momentos de renovada eclosión con las grandes revoluciones de los siglos XVIII y XIX – me refiero a la americana, la francesa y la gaditana de 1812 – y que se mineraliza en las Naciones Unidas luego del Holocausto, en 1945, dice bien que “la dignidad de la persona es la base de una visión moral para la sociedad”.