La épica de las revoluciones o las revueltas que pretenden ser consideradas como tales, casi siempre tienen un desenlace trágico, porque al girar sobre sí mismas regresan al punto de partida inicial, exhaustas, agonizantes, eso ocurrió con el comunismo soviético y todos los países bajo la llamada cortina de hierro que dividió a Europa en el siglo pasado y es la suerte que le espera a la revolución cubana y a la dictadura de Corea del Norte, esto es así porque después de la tormenta huracanada que no deja piedra sobre piedra, destruyendo todo a su paso con la promesa de construir un nuevo orden más equitativo e igualitario, un protagonismo con los de abajo, como el título de la novela del mexicano Mariano Azuela publicada en 1916, no queda nada que trascienda, que merezca ser rescatado por la historia como testimonio positivo de lo vivido, porque si se destruye lo que ha costado tanto construir con aciertos y errores, es prácticamente imposible levantar de las ruinas, con demagogia y engaño un hombre nuevo como el que prometieron las revoluciones comunistas del siglo XX y promete por estos predios en su tercer y último acto de su puesta en escena el socialismo bolivariano del siglo XXI.