Están en todo nuestro alrededor. En productos alimenticios como helados y embutidos; se usan para espesar pinturas y en las estampaciones textiles; en anticongelantes para vehículos y para dar dureza al papel; en cosméticos y en la industria farmacéutica; también como fertilizantes agrícolas, en piensos para acuicultura… Las algas tienen más aplicaciones de las que podemos imaginar. Y muchas más aún por descubrir. Las nuevas tecnologías están permitiendo obtener de ellas productos muy innovadores: se plantea desde crear granjas oceánicas como sumideros de CO2 (porque ellas consumen este gas de efecto invernadero), hasta usar microalgas para el tratamiento de depuración de aguas residuales (eliminan eficazmente la contaminación) o como bioestimulantes en agricultura o como fuente para la producción de biocombustibles, e incluso, ahora en plena pandemia, se han encontrado sustancias en las algas pardas que tienen actividad antivírica frente al Covid. «Se valora la posibilidad de generar sprays nasales que inhiban la penetración del Covid», indica Juan Luis Gómez Pinchetti, director científico en el Banco Español de Algas y profesor en la Universidad de Las Palmas de Gran Canarias.
Con tantos usos y aún más por descubrir, no extraña que la Comisión Europea se haya fijado en ellas. De hecho, ha realizado una reciente consulta pública para tener una visión sobre este sector y promover la industria de las algas en el Viejo Continente. «Porque representan un recurso en gran parte sin explotar que se puede utilizar, con una huella de carbono y medioambiental limitada, para producir alimentos, piensos, productos farmacéuticos, bioplásticos, fertilizantes y biocombustibles», recoge la CE. Por tanto, Europa quiere impulsar esta industria, aumentar la producción sostenible de algas, su consumo seguro y el uso innovador de esta materia prima, objetivos alineados con la nueva economía sostenible que se quiere construir.
Industria y tecnología
«Estamos en los inicios de un sector que tiene una masa crítica en España, porque tenemos tanto la parte industrial y empresarial como la científica y tecnológica. Conocemos tanto las macroalgas como las microalgas, con gente que lleva 30 años estudiándolas», cuenta Margarita de Gregorio, coordinadora de la Plataforma Española para la Biomasa (Bioplat).
Hay que diferenciar entre macroalgas y microalgas, que aunque cercanas «su biología y aprovechamiento industrial resultan bien diferentes», detalla Javier Cremades, catedrático de Botánica de la Universidad de A Coruña e investigador del Centro de Investigaciones Científicas Avanzadas (CICA). Las macroalgas son plantas que crecen en el mar y en agua dulce, pueden ser recolectadas y cultivadas en granjas (también en tierra). Y las microalgas (presentes de forma natural en ambientes acuáticos) son organismos unicelulares a la vista de los microscopios, que se producen en fotobiorreactores. Ambas ahora tienen una gran proyección en la industria alimentaria, tanto para el consumo directo (por ejemplo, wakame y nori son macroalgas y la espirulina, una microalga) como incorporándolas como un ingrediente más en la elaboración de otros productos. Ya se hace en galletas, salsas y harinas. «El 50% de las algas que se producen en el mundo son para consumo humano. Cada vez hay más demanda en países occidentales», dice Pinchetti.
Todos vemos cómo las algas van buscando hueco en nuestra dieta. «Son como verduras del mar», apunta Javier Cremades. «Los países asiáticos -continúa- tienen mucha tradición en estos productos que son muy saludables por su composición nutricional. En España es una industria emergente. Había pocas empresas que recolectaban pequeñas cantidades, pero cada vez hay más y es un recurso limitado. Por tanto, para que sea sostenible es necesario cultivarlas, algo pionero pero es el futuro. El 95% de las algas que se consumen en Oriente provienen del cultivo». Además, tienen otros usos: «Es una biomasa de alto valor añadido para productos farmacéuticos, cosmética, biomedicina… Muchos sectores buscan en las algas otras aplicaciones interesantes», asegura Cremades.
Las trabas legales y burocráticas frenan el cultiv de macroalgas en España
Sin embargo, tener una granja en el mar para cultivar macroalgas no resulta nada sencillo. «Hay que solicitar muchos permisos porque es ocupar un espacio público», explica Javier Ojeda, gerente de Apromar (la patronal de la Acuicultura en España). «Los trámites administrativos son un cuello de botella: una empresa que quiera hacer una inversión para una prueba piloto tiene que esperar dos años», cuenta Cremades. Desde luego, algo poco rentable. Además, existen otros obstáculos: la legislación para recolectar algas están inspirada en la de la recolección de moluscos. «A los mariscadores les puede interesar recoger 100 kilos de almejas pero no 100 kilos de alga wakame, porque tienen un valor menor. Deberían recoger 500 kilos para que sea rentable. Además no se puede cultivar en cualquier sitio, sino en polígonos establecidos y eso requiere reordenar el litoral», sostiene Cremades. Y existe un reto de mercado, como cuenta Javier Ojeda: «Es difícil empezar a vender un producto que poca gente consume, requiere esfuerzo de promoción y después producir lo suficiente para que los clientes puedan comprar con regularidad».
Las microalgas
Las microalgas abren otro campo de posibilidades inimaginables. «Se puede desarrollar actividad innovadora y empresarial a partir de cepas que se están investigando», asegura Pinchetti. Es la materia prima con la que trabajan las mayoría de las empresas de este sector en España y Europa, según Margarita de Gregorio. Gracias a la tecnología, sus opciones de mercado van desde la producción de biocombustibles, bioplásticos, biofertilizantes, nutracéuticos, hasta farmacéuticos y cosméticos. «Las empresas buscan nuevos mercados. Se utilizan como alimento para larvas en acuicultura, para reemplazar estimulantes y fertilizantes en agricultura que sean más sostenibles, para el tratamiento de gases de combustión y aguas residuales… Y para biocombustibles, aunque es una tecnología todavía no rentable económicamente», concreta Gabriel Acien, profesor de Ingeniería Química de la Universidad de Almería y vicepresidente de la European Algae Biomass Association (EABA).
En este campo España también puede dar un gran salto. «Contamos con condiciones muy favorables para cultivar microalgas porque tenemos mucho sol y una temperatura idónea, algo que no tienen otros países europeos. Por eso, nuestra producción será más competitiva», cree De Gregorio.
Así lo cree también Gabriel Acien. «Las microalgas tienen muchas posibilidades -afirma-. El problema es que la tecnología aún es a escala pequeña. En el mundo se producen unas 50.000 toneladas al año, muy poco comparado con la producción de maíz, por ejemplo. Sin embargo, crece a un ritmo del 10% anual. En Europa habrá unas 200 empresas, con importantes departamentos de I+D, son biotecnológicas y con personal muy cualificado. Algunas extraen la sustancia y la venden, y otras son también transformadoras y realizan ellas mismas el producto final. Ya hay compañías alimenticias con sus propias plantas para el cultivo de microalgas e introducir así este nuevo elemento en sus elaboraciones».
Sean macro o micro, el mundo de las algas cuenta con un terrible potencial que abre el filón de la innovación para el florecimiento de nuevas empresas y del empleo.