Llegan momentos en que uno no puede evitar sentirse privado de palabras. Esto puede darse por varias razones: la consternación, la redundancia o, si todo lo demás falla, el aburrimiento. Ante esto, lo normal en nosotros, ya que no fuimos diseñados para la derrota, es tratar de escurrir un ruido, emitir una palabra, hacer lo que sea para transmitir que seguimos luchando. No obstante, el problema con lo anterior es que, de lograrlo, uno puede terminar encontrándose a sí mismo gritando hacia la nada; reiterando lo dicho ante interlocutores que dejaron de escuchar hace tiempo.