Al parecer, debido a múltiples circunstancias, los años de precaria y casi inexistente coincidencia entre lo previsto en la Constitución Nacional y la práctica cotidiana de nuestras instituciones nos hacen olvidar a los ciudadanos la obviedad de ciertos razonamientos. Por ejemplo, ¿autoridad es igual a sinceridad?, no necesariamente, ¿o acaso dudamos de qué un alcalde, un gobernador o un presidente pueden mentir?, son seres humanos, con fortalezas y debilidades, la autoridad no les hizo santos, por tanto, una autoridad puede mentir tanto como podría decir la verdad. Este ejercicio de lógica elemental tiene consecuencias para el espacio público dado que si entendemos que las autoridades son falibles, humanamente falibles, es claro que los gobernados, los simples ciudadanos, estemos en capacidad de poner en duda lo dicho por las autoridades, podemos desconfiar, podemos buscar otras fuentes de información para contrastar la verdad oficial. Dicho de forma menos amable, los ciudadanos no tenemos el deber de tragarnos todo lo que nos dicen.