Hubo tres días hace una semana en que María Alejandra Ordóñez, madre soltera de 19 años, y su hija Alexia Abigail, de tres, no sabían dónde estaban. Los agentes de inmigración de Estados Unidos no se lo dijeron, tras arrestarla a ella y a otras nueve personas que acababan de cruzar ilegalmente el río Bravo en una pequeña lancha. Madre e hija habían pagado mil dólares, para ellas una fortuna, ahorros de toda una vida, a un pollero, como se conoce aquí a los traficantes de personas. Detenidas en Estados Unidos, durmieron cada noche en un sitio distinto en el suelo de frías celdas, y en literas en grandes tiendas de campaña.
En este limbo, fueron interrogadas varias veces, y pidieron… Ver Más