Por: Madrid Cienfuegos M.
Migrante, emigrante e inmigrante, son formas válidas y correctas para decir lo mismo: persona que deja un lugar para establecerse en otro. A este respecto, el sustantivo emigrante pone el foco en la persona que abandona su país originario para establecerse en otro, en el extranjero; mientras que inmigrante hace referencia a esa misma persona, pero desde la perspectiva de quien ya ha llegado a su nuevo destino para radicarse en él. La migración, es un proceso que engloba la emigración y la inmigración. Ahora bien, apartando todo el castellano, decir: soy inmigrante, tiene un fuerte contenido de carga emocional.
La emigración no es un fenómeno nuevo, es de vieja data en la historia de la humanidad, tampoco es transitoria, da muestras de que es permanente. Se ha convertido en un problema muy difícil y complicado de resolver por la cantidad de aristas que convergen, en lo económico, social, político, cultural y jurídico. Los presidentes han buscado la manera de impulsar políticas fronterizas y acuerdos que disminuya el impacto socio económico, cultural y de seguridad que ocasiona y la mayoría de las veces sin resultados acertados.

Existe un cierto consenso en afirmar que los movimientos de la población, han estado vinculados a lo largo de la historia, a la búsqueda de mejores condiciones de vida, especialmente en la esfera económica, sin olvidarse de las migraciones forzadas por los regímenes políticos dictatoriales. Y si bien en épocas anteriores, el flujo migratorio fue tolerado o acogido de buen modo por los países receptores, en la actualidad, este fenómeno, se considera de manera muy frecuente, como un problema o un factor potencial de futuros desequilibrios sociales, y no es para nada bien visto.
Hay una regla general de los países receptores para enfrentar el problema que representan los inmigrantes, y es el establecimiento de políticas de control estricto y restricción a la entrada de extranjeros, argumentando, en ocasiones, la defensa de los niveles de bienestar nacional, el equilibrio del mercado laboral, la presión política y hasta de la propia sociedad. Cada día se imponen más controles o trabas al que desee emigrar; ya hasta se habla con motivo de la pandemia, de un pasaporte sanitario, necesario para entrar al país que lo requiera.

Ahora bien, sin hacer distingos entre legales e ilegales, la inmigración sigue siendo “satanizada” por los propios gobernantes y la sociedad nativa del país receptor, colocándole una especie de “tacha” al inmigrante, donde algunas sociedades los consideran como extraños, personas hostiles, sujetos de riesgo y potencialmente peligrosos. No obstante, hay otros, que consideran al extranjero o inmigrante, como la víctima, por todas las vicisitudes que ha tenido que transitar para lograr una mejor calidad de vida.
La inmigración vista desde la perspectiva social, afecta doblemente al inmigrante, especialmente al ilegal, el cual es despreciado en el país receptor, a pesar de la mano de obra barata que aporta al sistema productivo de ese país, así como también es señalado en su propio país por haber emigrado, a pesar que contribuye con las remesas de divisas que aporta a su familia y contribuye a la economía de su país natal que lo juzga y señala. Siendo esto hasta injusto para la persona que es inmigrante ilegal, ya que pierde de facto sus derechos ciudadanos del país que emigró por encontrarse en el exterior y de jure sin derechos en el país receptor por su condición de indocumentado, trastocando con ello, sus derechos fundamentales. Es por ello, que siempre para sí mismo, para su familia y su comunidad de origen, será inmigrante.
Estados Unidos es uno de los países más afectados por la inmigración, y le ha resultado un verdadero reto buscar soluciones a un tema que se torna cada día muy complejo por el entramado de relaciones que la misma comprende. Muchas de las políticas de seguridad fronteriza establecidas por los gobiernos de los Estados Unidos, siempre han estado diseñadas para contener ese flujo migratorio, a través de la restricción de su frontera y caracterizando a los indocumentados como criminales a priori. Es una relación fronteriza ambigua porque se necesita del inmigrante como mano de obra barata, pero en ocasiones se les persigue y se les trata como parias.

Las políticas fronterizas migratorias y programas establecidas desde los ex presidentes Bill Clinton como la llamada “Prevención a través de la disuasión” creando corredores de paso por zonas peligrosas, con la idea de dificultar el paso y disminuir el flujo migratorio, el cual no disminuyó, sino que aumentó; hasta las aplicadas por Donald Trump, con la construcción del muro, y amenazas a los países del triángulo centroamericano: Honduras, Guatemala y El Salvador (con ocasión de las caravanas de inmigrantes), con interrumpir las ayudas económicas, si las autoridades permitían que sus ciudadanos viajaran con la intención de entrar a los EE. UU de manera ilegal. Es por ello, que todas las políticas fronterizas han estado encaminadas a mitigar o minimizar el ingreso de los inmigrantes a su país, siendo muchas de estas políticas desacertadas y muy criticadas por la segregación que imponen.
Con la llegada al poder del presidente Joe Biden, uno de los temas de su campaña presidencial fue la reforma migratoria. Sin embargo, la misma ha tenido serios tropiezos en el Congreso, donde se ha debatido el tema y se hace necesario negociar entre los representantes de los partidos demócratas y republicanos para poder llegar a un consenso, algo que dista mucho de lograrse. Por lo que, hasta el momento, Biden sólo ha establecido ciertas políticas para los inmigrantes, como el proyecto de Ley de Sueños y Promesas, la Modernización de la Fuerza Laboral Agrícola, el Estatus de Protección Fronteriza, pero solo son beneficios mientras se abre el camino a la cacareada reforma migratoria.
La inmigración hacia Estados Unidos, ha tomado otras características, y el mayor inconveniente que están enfrentando las autoridades, es la tutela de los menores no acompañados que han cruzado ilegalmente. La gran cantidad sobrepasa la capacidad de los centros de acogida disponibles para menores, situación que ha obligado que algunos tengan que vivir en centros destinados para adultos, lo que ha provocado muchas críticas. Quizás a eso se deba cuando en una entrevista que le realizó la ABC News al presidente Joe Biden, éste dirigiéndose a los migrantes les dijo “No vengan’ (…) No dejen su ciudad o comunidad”.
La presión que está recibiendo la recién presidencia de Joe Biden, por el tema de la inmigración ilegal, se visibiliza en una carta firmada por veinte gobernadores que le exigen cambiar su política migratoria en la frontera debido a que su administración ha atraído una avalancha de migrantes a la frontera y ha incentivado la afluencia de cruces ilegales mediante el uso de una retórica irresponsable y revirtiendo una serie de políticas, desde detener la construcción del muro fronterizo hasta eliminar los acuerdos de asilo y negarse a cumplir las leyes de inmigración.
Se destaca la declaración del gobernador republicano de Arizona Doug Ducey, quien señaló que “Ahora la crisis de la frontera ‘Biden-Harris’ también está afectando a otros Estados. Y está claro que esta crisis es el resultado directo de las políticas incumplidas y los mensajes fallidos de esta administración”.
En marzo de este año, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, reportó el arresto de 172,000 migrantes, siendo el número más alto en casi 20 años, así como la detención de cerca de 19,000 niños migrantes no acompañados, el mayor número mensual desde que se tienen registros, y aunque el gobierno de Biden niega que sea una crisis, reconoce que es una situación “abrumadora”. Entonces, todo ello nos dice que sea cual fuere la política migratoria que establezca el país receptor, siempre que existan situaciones adversas en el país natal, emigrar será la opción.
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