El terror se ha instalado en Nicaragua. Lo hizo hace ya más de tres años, aunque en los últimos dos, la represión que el régimen de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, desplegó para sofocar el estallido social de abril de 2018, que dejó al menos 325 muertos, miles de heridos y más de un centenar de presos, había bajado de intensidad, en apariencia. Las detenciones, el exilio de más de cien mil personas y la aprobación de leyes que prohibían las manifestaciones, bajo la acusación de terrorismo, aplacó el ruido en las calles. Pero no así el deseo de un cambio y la reivindicación de un adelanto electoral por la mayor parte de la sociedad civil. Entre intentos… Ver Más
