Según las leyes y costumbres de la China Imperial, mencionar el nombre de su majestad era tabú. Algo queda de aquella práctica en la memoria colectiva de una sociedad que evita pronunciar a la ligera tres sílabas ubicuas en la propaganda estatal. Nunca se sabe, además, dónde acechan oídos o micrófonos indiscretos. Hay un lugar, no obstante, donde esta exigencia resulta menos imperiosa: Liangjiahe. «¿La cueva de Xi Jinping? ¡Todo recto!», indica solícito un guardia de seguridad apostado en la única carretera de la localidad.
Siete años de la juventud de Xi transcurrieron entre las colinas de este remoto pueblo, adonde llegó como uno de los millones de estudiantes enviados a trabajar al campo durante el fervor ideológico de la Revolución… Ver Más
