A los tipos que nos vigilan los sustituyen cada ocho o diez horas. Ayer había una mujer. Me gustaría asistir al cambio de guardia para ver cómo les crujen las articulaciones. Aguantan toda la jornada rectos, tiesos como los palos de enderezar las tomateras, marciales, graves y silenciosos. No cruzan las piernas, no se levantan. A veces paso a su lado y me dan ganas de echarles una moneda a ver si hacen algo. No hablan ni siquiera con la señorita de la recepción, a la que miran fijamente porque a algún sitio hay que mirar, pero con la que no cruzan ni un vaya calor que hace hoy, señorita Tanaka. Llevan una gorrilla azul que pone ‘security’. A su… Ver Más
