Cuando empecé en el periódico, meterse en la redacción suponía adentrarse en un universo brumoso, turbio, en el que humos de diversas tonalidades formaban una especie de cielo artificial, con sus nubes caprichosas que se movían perezosamente. Ni siquiera estaba extendida la costumbre de la ventilación, como si las noticias fueran organismos extremófilos que solo crecieran en aquel ambiente imposible. A los que no fumábamos, los veteranos nos miraban como mozalbetes paniaguados de los que no se podía esperar ni una exclusiva medio decente.
Si mis antecesores vieran hoy el gigantesco centro de prensa de los Juegos Olímpicos pensarían que toda esa gente ni es periodista ni es nada: ni un cigarrillo, ni un puro, ni una pipa, ni ceniceros atestados… Ver Más
