El otro día, en el campo de tenis, tuve hambre y me dieron de comer. No se crean ustedes que esta frase bíblica se cumple siempre aquí en Tokio. Me acerqué a una especie de bar que habían montado al lado de la pista dos. Como a nosotros, los de fuera, nos tienen un pánico cerval, solo se podía hablar con las camareras a través de una ventanita tapada por unos plásticos gruesos. Me pareció estar hablando con las monjas clarisas. El caso es que uno tiene mucha afición etnográfica y en seguida se lanza a probar de todo, así que vi unas bolitas metidas en una caja con muchas caritas sonrientes. Ponía: ‘Takoyaki, 800 yenes’. Había dos opciones más:… Ver Más
