Ayer decidí irme al balonmano. No me tocaba cubrirlo a mí, pero en lugar de estar escribiendo estas chorraditas mías en el centro de prensa, un pabellón enorme y desangelado, decidí hacerlo en el Gimnasio Yoyogi, que se llama como si ocupara una bajera y tuviera dos colchonetas, pero que en realidad es un pabellón de quitar el hipo. Estas aventuras tal vez no debería contarlas, por si les sientan mal a los jefes y se niegan a pagarme los taxis, pero en mi descargo alegaré que durante estos trece años de esforzada paternidad me habré tragado seiscientos partidos de balonmano prebenjamín, benjamín y alevín, casi todos ellos enconados derbis disputados en patios y en polideportivos sin una mala silla… Ver Más