Cuando Fidel Castro llegó a Caracas, después del derrocamiento de Batista al que contribuyó, pero después arteramente monopolizó, lo recibió un parlamento recién electo lleno de ilusiones democráticas. Lo que no sabían los senadores y diputados venezolanos que lo escucharon en 1959, era que, a la vuelta de la esquina, trataría de exportar su trágica revolución, alentando y financiando las guerrillas. Derrotado acá, fue perdonado e, ingenuamente, se creyó que el régimen podría evolucionar hacia la libertad, pero el lobo disfrazado de lobo, embaucó al país que le tendió la mano y, en adelante, conspiró y armó ese tal Socialismo del Siglo XIX, parasitándonos hasta a mas no poder. Esta es la verdad que recorre a América y los peruanos de esta hora lo deben saber.