Una sociedad, para ser próspera y poderosa, necesita líderes. Cada ciudadano, en cada rol de su día a día, a veces de manera inconsciente, ejerce liderazgo. Líder es una mamá o un papá, que encabeza un hogar y decide la educación, la alimentación y el futuro que forjará para sus hijos. Líder es un comerciante, que tiene empleados, dicta las reglas de su negocio y se esfuerza por verlo crecer. También es líder un productor del campo, que coordina su finca, su siembra y con su trabajo lleva la comida a su casa y a la de otros. Acabar con esa capacidad de liderazgo de los ciudadanos fue el objetivo desde el día uno del régimen socialista; porque, en esa medida, empobrecería a la sociedad. Su objetivo ha sido siempre una sociedad de hombres sin ninguna capacidad de decidir nada: ni qué comer, qué estudiar, qué vestir, en qué invertir su plata. Una sociedad de arrastrados, de siervos; no una sociedad de líderes. Nada más incómodo para los totalitarismos que un liderazgo, que, en esencia, contribuye al desarrollo y al bienestar.