Hace treinta años pocos imaginaron que los llamados encapuchados llegarían al poder para destruir las universidades públicas y autónomas, consideradas su resguardo durante muchos años, para luego intentar apropiarse de las privadas. Y, nadie se imaginó que contarían con el silencio y la anuencia de quienes dicen ser sus opositores, por cierto, capaces de pervertir el liderazgo universitario y juvenil distinto al que se tuvo, incluso, para salvar al país del castro-comunismo en la década de los sesenta.