Él me lleva a su escuela. A lo lejos me la señala y, al verla, siento dolor; aunque no sé si a él le duele tanto como a mí. Entramos, quitándonos el “montarascal” del camino. Seis salones conforman su plantel; ninguno tiene puertas ni pupitres ni pizarras. También se robaron las pocetas y los lavamanos de los baños y hasta el tanque de agua. Tampoco hay cableado; la cerca de alfajor está casi toda desvalijada y una oficina de “defensoría del pueblo” es atendida por murciélagos, que vuelan con cuidado de no tropezarse con un archivo oxidado y una arquería dañada que están en el medio.