Preparaba mis clases de acuerdo al programa “Introducción a la política” y no sé porque, en vez de Platón, se me vino a la mente Maquiavelo, cuando repicara mi celular. Era el director del semanario “El alacrán” para pedirme un artículo, a propósito del inicio de la campaña electoral del país, del que no quiero irme vivo porque sería una inconsecuencia no enterrarme en su tierra, a pesar que, los despojos familiares, bisabuelos, abuelos, tíos y hasta de un primo marico, que murió de ciento siete años, habían sido exhumados por un político para regalárselos a los brujos, en cuyos altares los veneraran, entre velones encendidos, humo de tabaco, cocuyes, rones y plegarias a la Reina, el “Negro Felipe” y un busto de Chávez en guayuco, para leerle el futuro, con el remate, de ser interrumpido por un chillido captado por mis sensibles tímpanos, que por lo insistente, visualizaron a un roedor espantado más, por el magnetismo de mis ojos, que al percibirme en el estudio.