Me pareció escuchar la voz gutural de un Gremlin que había empujado la puerta principal del pequeño establecimiento de no más de 30 metros cuadrados que nos servía de sitio de reunión y tertulias a una parte de los parroquianos de la zona norte, específicamente de la Paragüita, en Maracaibo, estado Zulia. Su tono de apretado gruñido, casi que arrastrado, se esparcía como spray en besos a diestra y siniestra que repartía sin discriminación entre sus amigos, conocidos y hasta a los desconocidos, como era mi caso. Por la manera de transmitir su saludo, era un candidato ideal para recibir el virus de moda, que pescó muy tarde y con sobrada valentía venció.