La política es una profesión inevitable. Muchas veces, el político se entrena, desde muy pequeño, a través de nexos familiares o de algún amigo cercano y, por más que alguien la deteste y sea paladín de la anti-política, es una de las profesiones necesarias para la construcción y el manejo de un país. El tiempo que le invertimos al país exige una creciente formación política, un acopio de experiencia, un adiestramiento en su aplicación y un aprendizaje de algo que es inherente a ella: la articulación de ideas e iniciativas con los demás. Éste dato es fundamental porque la política no puede hacerse en soledad, desde el altura de un ego, por más iluminado que el político se crea. La política, lo político y los políticos constituyen la parte especializada de la sociedad civil en el bien común que, por cierto, no es una noción de exclusivo uso socialcristiano o la social democracia. Y esto es importante tenerlo en cuenta, porque – contrario a la prédica neoliberal – hace tanta política el dirigente de una asociación de vecinos como el de un partido, por ejemplo. Por supuesto, la única diferencia es que uno de ellos busca el pan por cuenta propia y, el otro, llega un momento en que deben ayudarlo a buscarlo porque come, va al médico y paga su casa como cualquier mortal.