Nunca me gustó ser animador de malos presagios, pero siento que después del rotundo fracaso de los resultados del 21 de noviembre, ya desmenuzados por buena parte de los analistas y operadores de la política, el panorama luce desconcertante y desolador para los venezolanos, agobiados por el caos y los atropellos de un régimen que en el ocaso de su desiderátum de mantenerse en el poder para siempre, parece no darse cuenta del martirio psicológico y material al que nos tiene sometidos desde comienzo del año 2000.