El primer sitio de aguas que conocí fue el lago de Maracaibo. Por eso mi memoria cuando regresa a ese mágico momento, se impregna de una frescura dulce, de un aroma a palmera mañanera que mece sus ramas y deja colar la luz de un sol que alumbra de tanto brillo. El lago es una memoria infinita, una inmensa masa de agua dulce que nunca termina de dar, de ofrecer. Un agua fresca que entibia tristezas y a la vez, agrada y otorga sonrisas de placer.