Es inevitable que exista una dimensión que trascienda a los asuntos meramente locales de la vida política, vida que mejor puede sintetizarse en los partidos que quedan. Por más nacionalistas que se digan estos partidos, aspirando a la más completa autarquía, algo que es absurdo, no dejan de relacionarse con el extranjero. Esto ocurre aún más en la era de la globalización y del globalismo, dos caras de la misma moneda. Por ello, quiero permitirme tres consideraciones: una, brevemente histórica e ideológica; la otra, sociológica; y, una tercera, paradójica para llegar a ciertas conclusiones que ojalá susciten inquietud.