Que Maduro haya sido uno de los pocos en apoyar abiertamente a la invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin, no sorprende. En fin, la Rusia autócrata es una de las pocas naciones “amigas” que le quedan en el mundo. Ya con Chávez se había convertido en el principal proveedor de equipos militares, unos once mil millones de dólares, según resume un vocero de la empresa rusa, Rosoboronexport[1]. El exjefe de contrainteligencia de Maduro, general Christopher Figuera, alude, por su parte, a la existencia de dos bases militares rusas en territorio nacional[2]. Por otro lado, la firma rusa, Rosneft, socia de PdVSA en la explotación de campos petroleros venezolanos, fue instrumental en la evasión inicial de las sanciones impuestas en contra de ésta por EE.UU., hasta que se vio obligada a vender sus activos en el país (a otra empresa rusa) para evitar ser, también, sancionada. Y en estos últimos años, cuando Putin se afana en meterle el dedo en el ojo a los EE.UU. buscando que éste lo respete como superpotencia, es notorio el papel de Venezuela como peón para tales propósitos. Lejos de ser “amiga”, la Rusia de Putin ha hecho del régimen de Maduro vasallo de sus ansias imperialistas mundiales.