Si algo pega durísimo en el exilio, es recibir las malas noticias, como esas que dan cuenta de la muerte de un amigo. Saber que desapareció físicamente un ser querido, uno de esos seres con quien mantuviste una amistad sincera; ese amigo que no te escurrió el bulto en momentos de dificultades o con el que compartiste momentos de alegría, de pesar y de luchas para recuperar la libertad de nuestra querida Venezuela, representa episodios que quedaran grabados en el libro de la memoria que nos acompañará toda la vida.